“El equipo salió fortalecido de ese error mío”, dijo Messi

DISCURSO A LOS EGRESADOS 2022- PRIMARIA

Queridos chicos, queridas familias, docentes, comunidad educativa toda: 

El martes pasado Argentina perdió contra Arabia Saudita y una especie de tristeza y de comenzar a sufrir por el Mundial nos embargó a todos de alguna u otra manera. Si bien no todos somos futboleros, por tratarse del deporte nacional, el fútbol es un tema común. Quisiera aprovechar esta oportunidad para dedicarles unas palabras en este su último partido en Primaria. 

Cuando terminamos de verlo en la Sala Garay, volví a la puerta del Colegio a recibir a quienes vendrían después del partido. La mayoría mostraba caras largas, gestos de lamento y muchos hasta retrucaron el tradicional “buenos días” con un: “no tan buenos”. Sin embargo, hubo un chico de 4to año de secundaria que me dijo algo que me hizo pensar: “Está bien, era para que se nos bajaran los humos”. Me sorprendió la respuesta más bien madura y procesada de Juan Cruz. 

Pero resulta que ayer, durante el partido contra Polonia, Messi erró el penal número 32 de toda su carrera (25 atajados y 7 desviados) liderando así el ranking de los futbolistas con más penales fallados (5 en total) en la historia de la UEFA Champions League. Messi pateó 139 veces al arco en situación de penal, tiene 78% de eficiencia, ¡y justo viene a errarle cuando nuestra ansiedad parecía que iba a encontrar un descanso! Bueno, no se dio o no tenía que ser así. Erró y tuvimos que esperar. 

Una vez conseguido el triunfo, en la entrevista, Messi declaró: “El equipo salió fortalecido de ese error mío”. Y desde entonces esa frase resuena queriéndome decir algo. Aunque, quizá, pienso que no sólo a mí. 

Queridos chicos, están terminando una etapa de sus vidas en la que han vivido muchas experiencias significativas y llenas de aprendizajes. Sé de los múltiples esfuerzos de todas las personas que los acompañan (directivos, docentes, profesores, familiares…) porque sean buenos, educados, porque aprovechen, les vaya bien en la vida y valoren todo lo que reciben. Es más, ustedes mismos, varias veces, me han dicho que están agradecidos por todo lo que hacen por ustedes. Eso es muy lindo y debemos dar gracias a Dios. 

Y a pesar de tantos esfuerzos suyos y de su entorno, quisiera recordar todas esas veces en que, como Messi, erramos el penal. Fracasamos. Ustedes podrán decirme: “Emma, pero cómo vas a hablarnos de los errores y fracasos en un momento de fiesta como este”. Y sí, ustedes han llegado hasta aquí hoy, no sólo porque cada uno aprobó las evaluaciones o porque hizo una presentación exitosa, o lo que sea; sino también por sus errores y fracasos. Y esto debemos reconocerlo con astucia para poder dar gracias de todos los aprendizajes.

Cada vez que un ejercicio mal hecho te llevó a corregir y volver, aprendiste y reforzaste. Cada vez que un docente te dijo que lo intentaras de nuevo, aprendiste y te desafiaste. Cada vez que te cortaste solo creyéndote el mejor y tenías que trabajar en equipo y hubo que dar marcha atrás para que estuvieran todos, aprendiste y se acrecentó tu paciencia. Cada vez que te peleaste o te enemistaste con algún compañero y debiste reconocer, aclarar, perdonar o pedir perdón, aprendiste y creciste. Cada vez que te llamaron la atención por algo no tan bueno que no deberías haber hecho, aprendiste y te fortaleciste. Cada vez que un error de ortografía o de conceptos fue advertido y subsanado, aprendiste un poco más acerca de eso. Cada vez que, por no hablar a tiempo o por dejarte estar, te diste cuenta del error, aprendiste y adquiriste algo nuevo. Y es que, muchas veces, nuestros “penales errados” son una fuente de sabiduría inagotable, pero a todos nos cuesta pensarlo así. Sí, ya sé, hay errores y errores, pero déjenme decirles, que los de su etapa de vida, sirven muchísimo para crecer y no los estamos aprovechando del todo. 

Siento que debemos aprender más de nuestros errores y fracasos y no condenarlos como si fuera el Juicio Final, dejar de sentir tanta culpa o enojo porque las cosas no salgan como esperábamos, reconocer que no nacimos sabiendo y que, como dice el dicho, “de los errores se aprende”. Pero a nuestro orgullo propio no le gusta equivocarse. No sólo porque uno siente cierta vergüenza, sino porque nos estamos acostumbrando a escondernos para no ser bulineados, o a preferir no hacer nada para no exponernos al fracaso, a temer más equivocarnos que a desafiarnos. De esta manera lo único que sucede es que vamos acumulando enojos, tensiones, broncas, miedos y terminamos dando portazos inexplicables “adentro y afuera de la cancha”, quedándonos sólo con lo único que sabemos hacer y con nuestro grupito, ignorantes de tantas cosas. 

Es cierto, los adultos no siempre somos el ejemplo que ustedes merecen, chicos, y ojalá puedan también perdonar nuestros errores, en especial los que son fruto de nuestra fragilidad y torpeza. Nosotros también estamos aprendiendo, no nos la sabemos todas. Lo que pasa es que, hay veces que por el deseo de que no les pase nada malo, o de que el error les haga doler demasiado, o de que no consigan los aprendizajes necesarios, los sobreprotegemos o no les mostramos el camino para aprender de los errores con cariño y estrategia. 

¿Se imaginan si cuando nos equivocamos, en vez de hacer berrinches o humillarnos, aceptáramos los sentimientos negativos que vienen de ahí y diéramos el siguiente paso como Messi buscando ver el lado positivo? ¿Se imaginan si cada error del otro fuera la oportunidad de fortalecernos mutuamente y no de burlarnos de los errores de los demás? ¡Cuánto más vivos seríamos! No es bueno quedarnos estancados en lo que hicimos mal, sino en lo mucho que se puede aprender de esa situación. “El equipo salió fortalecido de ese error mío”, dijo Messi.  

Si nos ejercitáramos más en aprender de los errores que en ocultarlos o pasarlos por alto, podríamos balancear mejor el valor de los éxitos. Ganar, vencer, aprobar, estar en el podio, ser los mejores, no lo es todo. Es una parte hermosa la del reconocimiento de nuestras habilidades y logros. Hay que alegrarse en el momento de las distinciones, de las medallas y de los premios, pero no debemos confundirlos con nuestro verdadero objetivo: aprender, crecer, encontrarle sentido a las cosas siendo hombres para y con los demás. ¿De qué sirve un 10 vacío o un éxito de juguete si al final no aprendimos más?

Recuerdo con satisfacción cada vez que en la oración de la mañana varios alumnos venían a contar de algún torneo en el que no habían ganado, pero se habían divertido. Ese es el camino: disfrutar de las cosas que hacemos sin la necesidad de que la competitividad excesiva nos robe la paz, sin que los fracasos nos derrumben o las ansiedades mal gestionadas nos lleven a maltratar a alguien, con el deseo profundo de dar lo mejor de nosotros como nos enseña San Ignacio que no es lo mismo que ser los mejores en todo. 

Queridos chicos, están en un momento hermoso de sus vidas para aprender, crecer, desarrollarse y conocerse a ustedes mismos en cada cosa que vayan descubriendo. No dejen que los excesos de pantallas, de redes sociales o de videojuegos les desvíen la mirada haciéndoles creer que eso es todo; amen el arte, el ejercicio físico, el deporte, el tiempo al aire libre, la naturaleza, las buenas conversaciones, las amistades, el descanso, la lectura, la oración, el silencio contemplativo de una puesta del sol, y tantas cosas hermosas que han podido aprender aquí.  

No permitan que las exigencias tercas por el rendimiento académico, las presiones deportivas desmesuradas y el éxito resultadista les hagan perder la paz, el gusto y el proceso lento que llevan las cosas importantes de la vida. 

No accedan a palabras discriminatorias, agresivas y llenas de odio cuando las cosas no salgan como ustedes quieran o el otro se equivoque, eso no es propio de un hijo de la Inmaculada que tantas oportunidades tiene. 

Vivan su crecimiento con la mayor armonía posible escuchando a sus mayores, pero también a su corazón; atendiendo su cuerpo, pero también a su espíritu; buscando conocer más, pero también saboreando los descubrimientos. Así como hemos buscado compartirles en su paso por el Colegio. 

En esta etapa de sus vidas en la que tienen tanto trabajo interior para resolver el caldo de emociones que los invade por momentos, mientras se hacen espacio para ser ustedes mismos, confíen en Jesús. Él es el primero que nos ama como somos y no nos juzga por nuestras fragilidades y errores. Más aún, nos enseña a atravesarlos y a aprender de ellos con la fuerza de la Pascua. Confíen en ese Dios Misericordioso que nos invita a dar lo mejor de nosotros para ser tan buenos hijos como hermanos. Sólo así podremos aprender a salir fortalecidos de los errores y fracasos, a hacer equipo y a saber que en la vida hay un tiempo para cada cosa. 

Que Nuestra Madre de los Milagros que los conoce desde hace rato les ayude a caminar en la próxima etapa de su formación. 

Gracias por escucharme, buen camino y que Dios los bendiga a todos. 

Emmanuel Sicre, SJ
Rector.