EL MILAGRO DE LA VIRGEN 
La mañana del 9 de mayo de 1636
Ya habían transcurrido sesenta y tres años desde que Don Juan de Garay fundara la ciudad de Santa Fe, y el humilde caserío asentado sobre la barranca junto al río de los Quiloazas venía soportando las penurias propias de pioneros en tierras extrañas. El sitio mostraba sus dificultades para comunicarse con las rutas hacia Córdoba y el Tucumán, amenazado periódicamente por inundaciones y por el aislamiento consiguiente. Aquel conjunto de hombres y mujeres que trabajaban, luchaban, amaban, criaban a sus hijos y dejaban sus huesos en esta tierra, sólo aspiraban a una vida con menos carencias y peligros, aunque muchos ya dudaban sobre las posibilidades de supervivencia de la ciudad.
La mañana de aquel 9 de mayo, en las toscas iglesias de gruesos muros de barro concluían las misas y los santafesinos se dirigían rumbo a sus tareas; los hombres a sus chacras en los alrededores, las mujeres a sus labores de la casa; españoles peninsulares, criollos mestizados, indios de la encomienda y esclavos negros pugnaban por arrancarle frutos a la tierra, cuidaban su ganado, levantaban muros, cortaban lea o trabajaban en los oficios artesanales más diversos para abastecer a una pequeña sociedad que casi todo deba obtener en su propio sitio, salvo los ocasionales lujos que poda darse vajilla decorada, telas, libros o imágenes religiosas- al llegar alguna carga del comercio.
En el templo de la Compañía de Jesús, edificado sobre el costado este de la Plaza Mayor a partir de 1610, un sacerdote oraba arrodillado frente a un altar ubicado al lado de la Epístola. Sobre el mismo, a modo de retablo, se destacaba un lienzo pintado con la imagen de la Virgen Inmaculada. El Padre Pedro de Helgueta, nacido en la lejana Pamplona y destinado al rectorado del incipiente colegio que funcionaba junto al templo, levantó su vista para contemplar el cuadro que poco tiempo atrás haba encomendado a un hermano de su Orden.
Ante lo que vea, el rostro del sacerdote pasó de la contemplación al asombro, tras intuir que estaba frente a algo más que un efecto de la humedad ambiente. Desde la mitad de la imagen, prácticamente desde la cintura de la Virgen hacia abajo, brotaban gotas de agua que se unan formando hilos brillantes, los que descendían serpenteando por la superficie y finalmente goteaban mojando la mesa del altar. Helgueta humedeció un paño con aquel líquido y comprobó que continuaba brotando cual milagroso manantial o sudor inagotable.
Poco después ya estaban junto al cuadro los demás jesuitas que servan en la ciudad. El número de los testigos fue creciendo tanto como el tenor de las exclamaciones y comentarios que despertaba el fenómeno. Muchos se persignaban y algunos daban gracias a Dios por aquello que no parecía ser otra cosa que un prodigio sobrenatural.
Mensajeros cruzaron raudamente la plaza y dieron aviso a las autoridades. A los pocos minutos ingresó al templo el Licenciado Hernando Arias de Mansilla, Cura y Vicario, el Teniente de Gobernador y Justicia Mayor don Alonso Fernndez Montiel, el General don Juan de Garay -hijo del fundador de la ciudad-, el Maestre de Campo don Cristóbal de Sanabria y otros capitanes y vecinos importantes. Mientras todos compartan el entusiasmo del momento, el padre Helgueta tuvo serenidad para pensar en las consecuencias posteriores de lo que estaban viendo y de inmediato solicitó el asentamiento por escrito del suceso. El Teniente de Gobernador, de acuerdo con la idea, orden la presencia del Escribano del Rey don Juan López de Mendoza, el hombre encargado de dar forma a todos los documentos públicos.
En medio de los clamores del ya nutrido grupo, Arias de Mansilla se subió a una silla y tocó el lienzo procurando contener los hilos de agua que descendían. El líquido continuaba manando copiosamente y los finos cursos cambiaban de dirección al contacto con la mano, para luego proseguir su descenso. Trajeron algodones y trozos de tela, y se los alcanzaron presurosos al Vicario, quien los humedeció uno tras otro apoyándolos sobre la pintura y repartiéndolos entre los numerosos fieles presentes, que los solicitaban para atesorarlos como reliquias.
Hubo tiempo de ordenar el repique de las campanas del templo convocando a toda la población que aún poda estar ajena al acontecimiento. Hombres y mujeres de la más diversa condición social se acercaron: blancos, mestizos, indios y negros; vecinos propietarios y estantes; eclesiásticos, militares y civiles; viejos y niños. Mientras tanto, el escribano mayor, instalado en una mesa próxima, asentaba lo presenciado en un Acta, la que finalmente rubricaron los testigos más importantes.
Algo más de una hora después de su descubrimiento el líquido cesaba, dejando en muchos la sensación de haber presenciado un signo divino. En los meses y años posteriores el milagro se renovara en ellos y entre sus descendientes, al atribuirse numerosas curaciones y favores a la Virgen, sea por ruegos ante su imagen o directamente por el empleo de los algodones mojados por el sudor milagroso. Con el tiempo, la veneración que despertó el suceso y sus efectos posteriores terminó por bautizar popularmente a la imagen como Nuestra Señora de los Milagros.
Un patrimonio singular
Esta imagen, los documentos que describen el suceso y las reliquias guardadas por generaciones, constituyen, por s mismos, un valioso patrimonio material que testimonia la importancia social e institucional de la religiosidad en el período colonial hispanoamericano, y particularmente durante los años en que la ciudad de Santa Fe estuvo asentada en su sitio fundacional.
Más allá de esta valoración sociocultural, si lo consideramos como un patrimonio espiritual cobra aún mayor trascendencia. La imagen se constituye en un símbolo de la vigencia de la Fe en la comunidad santafesina a lo largo de los siglos, como un rasgo tradicional y de fuerte arraigo en la identidad de este pueblo.
Para los jesuitas argentinos, Nuestra Señora de los Milagros es considerada una imagen rectora, abarcando con su figura la experiencia evangelizadora del período colonial rioplatense, contribuyendo a mantener la memoria durante la prolongada expulsión de la orden religiosa, y presidiendo la labor social y educativa de los últimos tiempos. En Santa Fe, la imagen constituye el núcleo simbólico más fuerte del patrimonio jesuítico local, testimoniando la presencia de los seguidores de Ignacio entre nosotros, desde comienzos del siglo XVII hasta el presente, a través del Colegio de la Inmaculada Concepción.
Traslado, crisis y permanencia
Los avatares de la historia conmovieron de muchas maneras este patrimonio histórico santafesino. Baste recordar que entre 1651 y 1660 la ciudad se trasladó hacia el sur hasta su actual emplazamiento, buscando solucionar sus problemas de aislamiento y su necesidad de nuevas tierras. El viejo templo donde ocurrió el milagro quedó abandonado como todos los edificios de la primitiva Santa Fe- y en nuestros das ni siquiera existe el solar que ocupaba, ya que el ro lo ha devorado con su lento pero constante desgaste.
Instalado en la nueva iglesia jesuita cuya irregular y blanca fachada se destaca hoy en un ángulo de la plaza 25 de Mayo- el cuadro ocupó un altar lateral a la derecha del retablo principal, renovándose la veneración entre los pobladores de la mudada ciudad, según lo testimonian los libros de la congregación mariana que continuaba funcionando allá.
Con la expulsión de la Compañía de Jesús, en 1767, las propiedades y bienes de la orden pasaron bajo control del poder civil o temporal, cerrándose por mucho tiempo el templo y colegio. Para evitar su deterioro y devolverla al culto público, la Virgen de los Milagros fue trasladada a la iglesia Matriz ubicada a escasa distancia; tras un reclamo de la Orden de la Merced retornó al viejo templo jesuita. Los sacerdotes mercedarios la custodiaron hasta la extinción de sus integrantes en la zona, por lo que nuevamente el templo cerró sus puertas durante más de una década. Finalmente se produjo el retorno de los jesuitas a Santa Fe, quienes reabrieron su templo y colegio tras un acuerdo con el gobierno provincial en el año 1862.
Al cumplirse los 300 años del sudor, en 1936, la imagen de Nuestra Señora de los Milagros fue llevada en triunfo hacia la plaza 25 de Mayo y coronada como forma de homenaje- en medio de una ceremonia solemne con gran participación popular. En esta ocasión se reconoció la importancia del cuadro para la comunidad santafesina y se lo instaló en el nicho central del altar principal del templo, realzado por un marco monumental construido de bronce cincelado en mate, de tres metros sesenta de alto por dos metros cincuenta de ancho, reproduciendo en sus formas el arte de las misiones jesuíticas, con hojas entrelazadas de gran relieve y un escudo con el anagrama de María. Esta obra, confeccionada en los talleres de José F. Piana, se incorporaba desde entonces al patrimonio local de arte religioso.
El cuadro de Nuestra Señora de los Milagros
La pintura con la imagen de la Virgen de estilo flamenco, con un rosado rostro europeo, con simbología o alegoría de un pasaje del Apocalipsis- fue realizada en la vieja Santa Fe por el Hermano jesuita Luis Berger, probablemente entre 1634 y 1635. Materialmente consiste en un lienzo de algodón de grueso espesor y de una sola pieza, apoyado sobre un bastidor fijo de madera dura de 133 centímetros de alto por 96 de ancho, al que se halla clavado en su parte posterior con tachas de hierro confeccionadas a mano. Técnicamente la pintura presenta características de estabilidad, por haber sido realizada al leo con material de muy noble tratamiento, preparado a base de pigmentación de colorantes y sustancias orgánicas mezcladas con aceites y resinas de calidad, probablemente traídas desde Europa o algún centro importante de América, lo que muestra el deseo del autor por asegurar la permanencia de su obra.
A mediados de 1980 el profesor y restaurador Angel N. Werlen procedió a analizar el estado de la pintura hallándola en buen estado de conservación, ya que solamente requirió un tratamiento de refrescado de los hilos de la tela, por encontrarse los mismos muy resecos. Pudo también confirmar lo comentado por el Padre Guillermo Furlong en la década del 30, en el sentido de que la obra presenta algunos retoques y restauraciones, habiendo sido repintada en la zona oscura que rodea a la imagen y en parte de su vestimenta; por su parte, la cara, las manos de María y los ángeles ubicados en la parte inferior, no presentan indicios de nuevas capas de pintura o de veladuras.
El buen estado de la pintura no sólo se debe a la nobleza de los materiales empleados sino también al afín conservacionista a lo largo de los siglos; importa consignar que desde el siglo XVIII el lienzo se encuentra enmarcado entre vidrios, preservándose de las inclemencias del medio ambiente santafesino.
Los testimonios escritos
La documentación histórica donde consta el acontecimiento del sudor se integra principalmente por dos actas una civil y una eclesiástica- confeccionadas el mismo 9 de mayo de 1636. Las características de estos documentos públicos, por haberse completado los requisitos legales para su confección y validación posterior, los convierten en testimonios de una importancia y rigor poco frecuentes, y reflejan la preocupación de las autoridades intervinientes por dejar constancia de acuerdo con las normas legales e institucionales de la poca.
Cabildo e Iglesia santafesinos deseaban dejar su buen nombre y honor a salvo de posibles cuestionamientos posteriores, en un momento histórico en que el Concilio de Trento (1545-1564) haba advertido sobre los excesos cometidos en la calificación de milagros y en el abuso en la comercialización de reliquias. Un tiempo de enfrentamientos con el movimiento de la Reforma protestante que obligaba al catolicismo a reafirmar Dogmas y a extremar sus controles sobre la disciplina interna, evitando exponer flancos débiles a los críticos de la autoridad papal.
El Acta levantada por la justicia civil, representada por el Teniente de Gobernador y Justicia Mayor don Alonso Fernndez Montiel (máxima autoridad que presida el cabildo de la ciudad), es un documento redactado y refrendado por el Escribano del Rey -Público y de Gobierno- don Juan López de Mendoza. Lleva la firma y consiguiente aprobación del citado Teniente de Gobernador y de varios testigos mas, todos capitanes y funcionarios de alto rango.
Pese a que el contenido ácido de la tinta ha carcomido en parte el papel notarial, de un estudio comparado con documentos locales de la poca pudo comprobarse la autenticidad de las firmas e incluso identificarse la caligrafía del escribiente, caracterizada por una escritura de tipo procesal, de uso común en ese tiempo (1)
El documento fue donado por el Dr. Martn Rodrguez Galisteo a los padres jesuitas en 1914, tras haberlo atesorado durante muchos años su familia. Actualmente se conserva en el ámbito de la Iglesia de los Milagros y Colegio de la Inmaculada, siendo expuesto a la veneración pública en la celebración anual de cada 9 de mayo, constantemente preservado dentro de un marco metálico y sellado entre dos vidrios.
El texto se inicia con la identificación del propio escribano según estilo habitual:
"Yo Juan Lopez de Mendoza Escriuano del Rey
nro Señor estante en esta Ciudad de Santafee Prov. del Rio de la Plata
doy fee y Testimonio de Verdad a todos Los que el presente vieren..."
Y en sus parrafos esenciales da cuenta detallada del suceso:
"... me llegue mas cerca por enterarme mas en la verdad, y vi que el dicho Lien?o e Ymagen desde lo que dize de la cintura para abajo corría mucha agua Como arroyos, o hilos de agua por todas Las Partes del bestido y lien?o, y a los cla Mores que hazia mucha de la dicha gente, que allí estaba admirandose y dando gracias a Dios por lo que vian el dicho Vicario sepuso de pies sobre vna silla que le pusieron para el mismo effecto, llegaba con la mano a los dichos hilos de agua que corrian y los detenia corriendo por diferente parte en abundancia que visto por el dicho Padre Rector y otras personas, truxeron algodones y a pedaños yvatomando el dicho Vicario con su mano yen jugaba el dicho sudor o agua, y daba para Reliquias Los dichos algodones a todas Las personas que alli estaban y aunque mucho limpiaba mas agua salia..... y con todo esto eldicho Lien?o e Ymagen, no se vmedeció en ninguna manera el pecho ni rostro, sino que estaba enjuto y seco como si no estuviera mojado Lo demás del Lien?o; y para que fuesse notorio este Portento y milagro y solemnizarle con fiesta, replicaron Las campanas de la dicha Yglesia....." (2)
Respecto del Acta levantada por la justicia eclesiástica, representada en la oportunidad por el Licenciado Hernando Arias de Mansilla, Cura beneficiado, Vicario y Juez Eclesiástico (máxima autoridad de la diócesis residente en la ciudad), fue refrendada al d?a siguiente por el mismo escribano actuante en el acta civil.
El Vicario también detalla minuciosamente el suceso extraordinario y su actitud, coincidiendo en alto grado con el documento civil:
"... y fuy a ver lo que era, y llegandome al Altar e Imagen, vide estar sudando La dicha Imagen, y palpando con las manos para mas certeza, se me mojaron los dedos, y corria el agua procedido del dicho sudor en hilo en hilo por muchas partes que quasi lo mas de la Ciudad, que a la voz se habia congregado assí hombres como mugeres Yndios, negros a ver aquel prodigio, le vieron todos, e yo, el dicho Vicario, personalmente fuy cogiendo reliquias, y repartiendo a la gente que lo pedian, recogiendo el dicho Sudor en algodones que quedaba empapado y mojado del dicho Sudor, y esto en grande suma, sin poder de acabar de enjugar en grande rato ..... y para que conste en todo tiempo, de pedimiento del muy Reverendo Padre Pedro de Helgueta, Superior del dicho Collegio, dé la presente, y es La verdad de lo que passa en vista de ojos en mi presencia, que es fecha ut supra" (3)
El original de esta acta no ha sido hallado pero su texto se conoce por una valiosa copia confeccionada el mismo año; se trata de un traslado oficial fechado el 6 de noviembre de 1636 y firmado por las citadas autoridades civiles y eclesiásticas. En la recopilación se agregó una relación de las primeras gracias o curaciones atribuidas a la imagen de la Virgen y al empleo de sus reliquias. Toda la documentación es consecuencia de las gestiones realizadas por el Padre Helgueta en su afán por lograr la aprobación y calificación de los sucesos como auténticos milagros.
Las piezas mencionadas fueron analizadas como testimonios por la máxima autoridad de la diócesis, el Obispo Fray Cristóbal de Aresti, quien tras consultar a las personas "doctas, de ciencia y de conciencia", se expidió en Auto del 22 de noviembre de 1636, dando su aprobación para que "se puedan poner los dichos milagros en la Iglesia" (4).
Más allá de los análisis y discusiones que puedan plantearse en torno de esta calificación del suceso como sobrenatural, mucho más desde la perspectiva de una sociedad actual que ha atravesado un fuerte proceso de secularización en todas sus estructuras, el milagro santafesino constituye un histórico patrimonio comunitario que nos trae las voces del pasado. Su imagen del agua brotando y fluyendo -símbolo inequívoco de vida- nos habla sobre la fe y la esperanza de los que ya partieron.
Citas y notas
(1) El autor agradece el asesoramiento y colaboración del profesor Víctor H. Arévalo Jordán, en un estudio paleográfico y documental realizado en 1984.
(2) El texto se transcribe respetando, dentro de lo posible, la escritura del original en: FURLONG, Guillermo, S.J. "Nuestra Señora de los Milagros". S. de Amorrortu, Buenos Aires, 1936, pp.56-57)
(3) Ib?dem, pp.58-59.
(4) Ib?d., p.69.

Santuario y Ateneo